|
Bienvenidos al oficialismo artístico, bienvenidos a una nueva época de comando aristocrático, donde el genio publica según el tamaño de su bolsillo y el pobre calla enmudecido por el eco de la moneda; donde los bomberos queman libros y las palabras permanecen vivas, enfrascadas en mentes marginales.
Por años asistimos a la creación animal de nuestro propio monstruo; el devenir continuo del universo contemporáneo, entre topes y bajos, escondió los visos perdidos de la realidad, cambiante, ineludible y evidente:
―¡Bogotá!, ¡Huele a vino, huele a ganado!―, No pasa un día en el que no se llore por los cerros y los carros, no existe una noche donde los faros se apaguen para devolver tu reinado silencioso. Sólo quedan los lamentos de tu luz, escondidos en los amaneramientos de una raza extinta, en los cuerpos enterrados de tantos hombres silenciados e incinerados.
No es algo nuevo el mercado y sus alcances sobre las páginas del alma humana, fue su aceptación la que aterró a una generación entera de durmientes, que tras 20 años de desapego ideológico decidieron juntar sus esperanzas para forjar un sueño liberador.
¡Qué día el de hoy, cuando los avances de las llamas cesan una vez más a manos de tu clemencia y cuando las circunstancias, ocasionalmente esquivas, nos permiten entonar un himno a tu gloria vacilante!
¡Que suene la música con la esperanza de revivir los abates asesinos de Lantry! ¡Que suene la música para justificar a Montag contra ese entorno hostil, ese que terminó por refundir las perlas a los poetas y la ficción a la realidad!
Ha sido una sorpresa grata descubrir en el humus de la urbe el consuelo inaplazable de la voz escrita. Ojalá el tiempo, el único juez inteligente, el único arquitecto influyente, termine por demostrarnos que no hay fuego suficiente para consumir al hombre y su intelecto irrelevante.
Que no existen estufas y salamandras, ni temperatura a la que ardan los libros. Sólo páginas vacías, suicidas, donde reposan los versos eternos de la poesía maternal. Los picos frenéticos del hombre y su salvación redentora.
Saludos próximos. (Fahrenheit 451)
|