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La ropa usada es más que prendas viejas. María Alejandra Gómez se internó en uno de los puntos más frecuentados para la compraventa de este tipo de mercancía en Bogotá: una invitación al presente con ropa del pasado.
Por: María Alejandra Gómez Cabrera
Con una experiencia de 32 años en el negocio de la ropa usada, Blanca María Rodríguez, una mujer de unos 59 años de edad, no pierde su belleza y su vanidad cuando de vender se trata. Ella que se pinta el pelo de un amarillo quemado, que usa labial rosado pastel y un delineador sobre sus párpados color crema, detrás de unos kilos de más y unos cachetes redondos, se ríe de la vida, a pesar de que no ha vendido ni siquiera un botón, o mejor dicho, ni una camiseta; siendo las doce del día.
Blanca es coqueta, y a su edad sigue usando rulos en el pelo para el día del amor y la amistad, y para el hombre con el que vive -y así recuerda a su marido anterior. “Con él nada funcionaba porque era poco trabajador y mujeriego”.
Esta mujer, sentada con marrones en la cabeza y con una amiga que detrás le alisa el pelo, espera con paciencia a los clientes que comienzan a aparecer entre los corredores de la Plaza España. Los vendedores de tinto y agua aromática todavía se divisan allí a pesar de que el sol comienza a poner sus rayos sobre los 400 almacenes de ropa de segunda que hoy por hoy atraviesan una situación económica difícil.
Cuando nadie compra, los vendedores tampoco compran y como la competencia de la ropa usada es la ropa nueva, los caseteros (como son conocidos los compradores de indumentaria de segunda), no dudan en pagar moda para revenderla.
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| Cientos de zapatos esperan para ser vendidos en la Plaza España. Foto: María Alejandra Gómez. |
-¿Esas son las llamadas botas texanas?- me pregunta Blanca vacilando y señalando mis pies. Yo le respondo afirmativamente, dándome cuenta de que a la hora de vender, se debe aprender también de modas y tendencias. Por ello, estos almacenes no sólo ofrecen disfraces para octubre; sino también ropa alternativa o moda Vintage, que no sólo es adquirida por jóvenes estudiantes, sino también por famosos de la televisión colombiana.
La tienda de Blanca es un closet de los recuerdos, evoca cantidades de lugares, tiempos y personas desconocidas. Es chocarse con sentimientos encontrados y con atavíos que nunca fueron deseados y sólo vieron la luz del día cuando estaban en temporada o únicamente sirvieron de máscara para evitar mostrar una realidad bajo la naturalidad de los cuerpos.
Sin embargo, así como se ven prendas en perfecto estado, se pueden encontrar sacos desgastados de marcas como Shetland, Benetton, Gap o Diesel, pero con olores particulares como el del cigarrillo o el de pachulí de un hombre divorciado que optó por cambiar su closet para olvidar.
Por eso, Blanca asegura que –“así como hay personas que venden ropa sin pensarlo dos veces, se encuentran otras que por necesidad se ven obligadas a vender prendas que quizás una tía, un familiar, o una persona especial les regaló, pero no falta aquel que vende para comprar vicio”-.
De un momento a otro aparece la clienta del día.
Sin aparentar tener mucho dinero en un monedero de cuero donde tiene los billetes doblados hasta formar pequeños cuadraditos de papel, la compradora, una mujer de unos setenta años de edad dice que está recién llegada de su vereda.
Se acerca disimuladamente a ver la ropa de hombre que Blanca vende y que aunque no se lava sí se plancha y se arregla, por trescientos pesos (el cambio de botones o remiendos) y doscientos (la planchada), labores que Rodríguez ya no desempeña. “Eso es muy desgastante, sale mejor mandarlo a hacer y es rentable para el negocio; sin seguir esclavizándose después de tanto trabajar…”
Por fin la compradora pregunta:
-¿Tiene cortinas?
Diariamente a la capital llegan personas de otros lugares del país, todas con la necesidad de vestir no sólo sus propios cuerpos, sino también sus casas o habitaciones con objetos que permitan mantener el calor en los ambientes con tal de alejar el frio bogotano.
Por eso, Blanca ha optado por poner a la venta no sólo cortinas sino también cobijas, que de hecho, también se llevó la clienta pagando un total de 35 mil pesos, incluida la ñapa: dos camisetas para sus nietos. Los almacenes de allí son como los de cualquier otro centro comercial, solo difieren en que la ropa no es lavada y las historias de cada prenda se pierden de mano en mano, o más bien, de cuerpo a cuerpo.
“Por ejemplo, acá viene un señor sea de Simitarra, de Garzón, Bucaramanga, o la Plata y se llevan la ropa al por mayor para venderla en las plazas para la gente del campo, para trabajo u otros también para dominguear cuando la ropa esta bonita”. Por eso, Blanca María Rodríguez cada vez que recibe la visita de su mamá, quien viene cada seis meses desde Santander, le regala un bulto de ropa usada, “todo con el fin de que ella se gane una platica para sus gustos”.
Pero el peinado de Blanca no está completo aún, la mujer detrás de ella continúa dándole los últimos retoques a su cabello, enredándole el capul, aplicándole una especie de silicona grasosa, y finalmente colocándole unas gafas de sol, como si de ponerle una balaca se tratara; con gracia me explica la razón por la cual sólo vende ropa de hombre: las mujeres son más complicadas que los hombres a la hora de vestir. “Uno de pobre puede ser pobre pero orgulloso, quiere toda la moda, mientras que el hombre no”.
Así entre pantalones y zapatos, entre trajes de paño y gabardinas y en medio de suéteres y camisas, es que se pueden entrever imaginarios, personificar a los dueños de esa ropa que fue vendida; abandonada. Es por eso que, entre los ganchos, la indumentaria espera para ser comprada, usada, ya que en su gasto se notan las preferencias de las personas; en sus marcas prestigiosas o simplemente entre la camiseta que sólo busca hacer propaganda a una cerveza o una compañía de luz, se refleja el apego que se le pudo tener a cada pieza que hoy por hoy ya no tiene quien la porte.
Las hijas de Blanca acaban de llegar. Son unas mujeres que aparentan tener entre veintiocho y treinta años, han llegado para llevársela a comprar ropa en algún lugar de la ciudad, sólo falta el marido de ella para que toda la familia salga.
Entonces decido partir.
En su preocupación Blanca pregunta:
- ¿Para dónde va?
Ella no conoce el lugar al que me dirijo, pero al saber que voy para el norte de Bogotá sólo me recomienda coger un bus del que afirma; sólo ha tomado un par de veces.
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